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Los Sabios Inmortales Obedecen Humildemente la Ley

 

No Hay Nada Más Elevado
Que la Ley Única del Universo
 
 
Carlos Cardoso Aveline
 
 
 
 
 
Se ha infiltrado de algún modo en el movimiento teosófico la idea falsa de que los sabios pueden - o desean -  trascender y evitar la ley del karma.
 
Para comprender correctamente la relación entre los sabios y la ley eterna, vale la pena examinar algunos principios fundamentales mencionados en las enseñanzas clásicas de la teosofía.
 
Un Maestro de Sabiduría afirmó claramente que los Adeptos verdaderos no son más que servidores de la Ley:
 
“... La ley es la LEY para nosotros,  y ningún  poder puede  dispensarnos ni un  ápice de nuestro   deber”.[1]
 
Sin embargo, los hechiceros de bajo nivel – a veces disfrazados de ángeles de luz o de líderes pseudoesotéricos - tratan de ponerse por encima o por fuera de la dinámica a través de la cual uno cosecha lo que siembra.
 
En realidad el alcance de la ley universal no tiene límites, y los Instructores afirman:
 
“Sólo existe una ley general de vida, pero innumerables leyes califican y determinan miríadas de formas que se perciben y de sonidos que se oyen”. [2]
 
Es cierto que los Maestros de Sabiduría trascienden los aspectos kármicos inferiores. Los Sabios Inmortales obedecen la Ley y cooperan con ella tan estrechamente que la muerte deja de existir para ellos. Como trabajan para la humanidad, los Mahatmas ayudan modestamente a la naturaleza y sirven a la ley del karma, la cual opera eternamente en todos los niveles de existencia y de consciencia.
 
Consideremos un ejemplo práctico. En la década de 1880, cuando se intentó establecer en la India una revista teosófica que sería llamada “Phoenix”, un raja yogui escribió:
 
“Aunque del lanzamiento de ese periódico debería salir el mayor bien, la estricta ley de justicia nos prohíbe hacer nada que disminuya en lo más mínimo el mérito al que tiene derecho aquel que haga que el sueño se convierta en realidad”. [3]
 
Sin embargo, circula la idea sin fundamento de que hay en el universo algo más elevado que la ley; por ejemplo, algún dios monoteísta.
 
Las primeras líneas de la carta diez en “Las Cartas de los Mahatmas” aclaran ese punto:
 
“Ni nuestra filosofía ni nosotros mismos creemos en Dios y menos que nada en uno cuyo pronombre necesita de una ‘E’ mayúscula. Nuestra filosofía entra dentro de la definición de Hobbes. Es, preeminentemente, la ciencia de los efectos por medio de sus causas y la ciencia de las causas por medio de sus efectos; y puesto que es también la ciencia de las cosas derivadas del primer principio, tal como Bacon lo define, antes de admitir un principio así, debemos conocerlo y no tenemos ningún derecho ni siquiera a aceptar su posibilidad”. [4]
 
La tentativa de situar algún tipo de deidad por encima de la ley es una causa de falsas ilusiones innecesarias.
 
La carta diez dice:
 
“Parabrahm no es un Dios sino la ley inmutable y absoluta e Iswar es la consecuencia de Avidya y Maya, la ignorancia basada en la gran ilusión. La palabra ‘Dios’ se inventó para designar la causa desconocida de esas consecuencias que el hombre lo mismo ha admirado que ha temido, sin comprenderlas; y puesto que nosotros proclamamos y somos capaces de demostrar lo que proclamamos, es decir, el conocimiento de esa causa o de esas causas, estamos en situación de sostener que no existe ningún Dios o Dioses detrás de ellas”. [5]
 
En el segundo párrafo de la carta 83 vemos que un Maestro de Sabiduría es totalmente obediente a la ley,  en su relación con todos los seres, incluidos sus discípulos laicos:
 
“Usted ha interpretado mal la Ley del Karma (…) si ha podido imaginar que yo me atrevería a provocar la tremenda reacción de la misma, obligándole a  usted o a quien  sea a tomar una  línea de acción  (…)”.[6]
 
Los Maestros sirven a la Ley y no pretenden desafiarla.
 
Los niños malcriados, por otro lado, a menudo creen ser más inteligentes que sus propios padres y, en consecuencia, tratan de engañarlos.
 
Siguiendo el ejemplo de los niños maleducados, los políticos deshonestos intentan engañar a sus “padres”, la Madre Nación y el Padre Estado (la ley estatal).  Por su parte, los esoteristas mal informados pretenden ser suficientemente inteligentes como para ser capaces de “trascender” el karma, y tratan de hacer creer a los demás que solo los ignorantes están sujetos a la Ley de la Justicia.
 
El resultado de ello es desastroso.
 
Siendo un padre justo, el proceso vivo del karma no tiene preferencias personales por ninguno de sus hijos. Todos son iguales ante la Ley. Un sabio oriental dio a los teósofos una lección extraordinaria sobre política y sociología cuando escribió:
 
“... Un honrado limpiabotas vale tanto a nuestros ojos como un honrado rey, y (…) un barrendero inmoral es mucho mejor y más digno de excusa que un emperador inmoral”. [7]
 
Por lo tanto, un maestro enseña a la humanidad a comprender la ley moral de la naturaleza, la ley del karma, que guía infaliblemente a todos los seres del universo.
 
Los sabios inmortales son hijos de la Ley, y uno de los Mahatmas enseñó:
 
“Los ciclos deben recorrer sus rondas. Períodos de luz y de oscuridad - en los planos mental y moral - se suceden unos a otros como el día y la noche. Los yugas mayores y menores deben materializarse de acuerdo con el orden establecido de las cosas. Y nosotros, llevados por la poderosa marea, solo podemos modificar y dirigir algunas de sus corrientes menores. Si tuviéramos los poderes del Dios Personal imaginario, y las leyes universales e inmutables no fueran más que juguetes en nuestras manos, realmente podríamos haber creado las condiciones que hubieran convertido esta Tierra en una Arcadia de almas elevadas. Pero teniendo que lidiar con una ley inmutable, y siendo nosotros mismos los hijos de esta ley, hemos hecho lo que podemos, y estamos agradecidos”. [8]
 
En filosofía, uno debe tener una actitud realista, y podemos leer lo siguiente en las Cartas:
 
“La Naturaleza carece de bondad o de maldad; ella sigue solamente leyes inmutables, tanto cuando prodiga vida y alegría como cuando envía sufrimiento y muerte y destruye lo que ha creado. La Naturaleza tiene un antídoto para cada veneno y sus leyes, una recompensa para cada sufrimiento. La mariposa devorada por un pájaro se convierte en ese pájaro, y el pajarillo muerto por un animal entra en una forma superior. Es la ley ciega de la necesidad y de la adaptación eterna de las cosas, y por eso no puede llamarse Mal en la Naturaleza. El verdadero mal procede del intelecto humano y su origen recae enteramente en el hombre racional que se separa a sí mismo de la Naturaleza. Sólo la humanidad, pues, es la verdadera fuente del mal. El mal es la exageración del bien, la progenie de la codicia y del egoísmo humano. Piense profundamente y descubrirá que, excepto la muerte, que no es ningún mal sino una ley necesaria, y excepto los accidentes, que siempre encontrarán su retribución en una vida futura, el origen de todo mal, tanto pequeño como grande, está en la acción humana, en el hombre, cuya inteligencia hace de él la única entidad libre en la Naturaleza. No es la naturaleza la que crea las enfermedades, sino el hombre. La misión y el destino de este último en la economía de la naturaleza es morir de muerte natural y alcanzar la vejez; exceptuando los accidentes, ni un hombre salvaje, ni un animal salvaje (en libertad) mueren de enfermedad. La alimentación, las relaciones sexuales, beber, todo son necesidades naturales de la vida; sin embargo, el exceso de ellas conduce a la enfermedad, la miseria, el sufrimiento mental y físico, y todo ello es transmitido como los mayores azotes a las generaciones venideras, la progenie de los culpables. La ambición, el deseo de asegurar la felicidad y el bienestar de los que amamos, consiguiendo honores y riquezas, son sentimientos naturales muy loables; pero cuando éstos transforman al hombre en un ególatra egoísta, ambicioso, cruel y miserable acarrean indecible sufrimiento a los que le rodean; a las naciones, así como a los individuos”. [9]
 
Los estudiantes de teosofía deben asegurarse de que aprenden de instructores verdaderos.
 
Los Mahatmas y los Iniciados enseñan una vida simple. Ellos son completamente éticos y obedecen humildemente la ley ilimitada del equilibrio constante y de la justicia viva.
 
NOTAS:
 
[1]Las Cartas de los Mahatmas”, carta 29, página 326.
 
[2]Las Cartas de los Mahatmas”, carta 40, página 367.
 
[3]Las Cartas de los Mahatmas”, carta 79, página 546.
 
[4] Las Cartas de los Mahatmas”, carta 10, página 75. Esta carta está publicada como un artículo independiente: “Los Maestros Enseñan Que No Hay Dios”.
 
[5] Las Cartas de los Mahatmas”, carta 10, página 76.
 
[6] Las Cartas de los Mahatmas”, carta 83, página 563.
 
[7] Las Cartas de los Mahatmas”, carta 29, página 321.
 
[8] “First Letter of K. H. to Hume”, en “Combined Chronology, for use with ‘The Mahatma Letters to A.P. Sinnett’ & ‘The Letters of H. P. Blavatsky to A. P. Sinnett’”, de Margaret Conger, publicado por la Theosophical University Press, Pasadena, California, 1973, 47 pp., p. 35.
 
[9] Las Cartas de los Mahatmas”, carta 10, pp. 82-83.
 
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El artículo “Los Sabios Inmortales Obedecen Humildemente la Ley” es una traducción del inglés y ha sido hecha por Alex Rambla Beltrán, con apoyo de nuestro equipo editorial, del cual forma parte el autor. Título original y link: “Immortal Sages Humbly Obey the Law”. La publicación en español ocurrió el 30 de julio de 2020.
 
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