A Través de los Objetos, el Ciudadano
Obtiene un Rostro y un Lugar en el Mundo
 
 
Enrique Pichon Rivière y Ana Pampliega de Quiroga
 
 
 
Enrique Pichon Rivière (1907-1977) y Ana Pampliega de Quiroga
 
 
 
Los medios publicitarios nos someten día a día a un bombardeo de nombres, slogans e imágenes. Toda esa insistente estrategia apunta a un único objetivo: la seducción del consumidor. Así, cada objeto se convierte en un anzuelo, en una posible tentación a la que este heroico personaje de nuestro tiempo responde con actitudes que, ya sean de aceptación o de rechazo, intentan siempre satisfacer las necesidades puestas en movimiento por estímulos internos y externos.
 
La conducta consumidora, como cualquier otra forma del comportamiento, tiene carácter social. Esto quiere decir que se determina y moldea por el grupo al que pertenecemos o a aquel que aspiramos a integrar. Si la actitud es – tal como la definen los psicólogos americanos – el punto de engarce entre persona y medio, la disposición que se adopta frente a una idea o situación concreta, podemos definir a la actitud adquisitiva como aquella que nace de una toma de posición ante los objetos de consumo.
 
Cada cosa que vemos, oímos o tocamos, es un incentivo que despierta en nosotros el impulso de la posesión. Lo adquirido es incorporado a nuestro yo, lo integra para compensar los sentimientos de vacuidad y de despersonalización que nos afligen. El objeto que compramos cumple una función psicológica; tras el telón de su utilidad práctica – no siempre evidente – se mueven antiguos miedos y ansiedades que se dejan aplacar por esta forma de rendirnos homenaje.
 
El objeto se convierte en el depositario de aspectos de nosotros mismos que por un mecanismo inconsciente hemos colocado en él antes de realizar la compra y que recuperaremos sólo con su posesión.
 
La identificación entre el yo y lo que hago mío resulta casi inevitable. El yo podría ser la suma de todo lo que un hombre entiende como propio, su familia, su cuerpo, sus amigos, su inteligencia, su trabajo, su ropa, su automóvil. Los sentimientos que lo ligan a estas cosas son todos de la misma calidad, aunque, por supuesto, de distinta intensidad. Sobre todas ellas ha puesto el sello de la posesión. Son parte de él mismo porque le pertenecen.
 
En el ámbito del consumo, como en todo otro fenómeno social, se cumple el interjuego entre individuo y grupo con los infaltables elementos de seguridad, prestigio, status y poder.
 
El miedo a la pérdida, la inquietud que produce la ausencia de identidad, se ve compensado por adquisición de objetos que son los símbolos de la pertenencia a un grupo social, que pueden convertirse en el rasgo característico de nuestra personalidad. Por otra parte, la posesión de bienes nos da seguridad, incrementa nuestra autoestima y halaga las necesidades básicas de prestigio y poder.
 
La actitud consumidora no deja nunca de satisfacer las exigencias vitales de alimento y abrigo. Pero aun en la selección de estos dos últimos elementos intervienen factores ajenos a la necesidad de supervivencia; por ejemplo, un tapado de visón o una comida exquisita apuntan a calmar el frío y el hambre, pero también sirven para señalar que quien puede pagarlo es el miembro de una élite privilegiada o intenta parecerlo.
 
Comprar significa establecer un vínculo con un objeto, una relación recíproca en la que se funda el sentimiento de propiedad. La conducta del consumidor surge de la conjunción de estímulos externos que hallan su lenguaje a través de los símbolos publicitarios y la constelación de sus necesidades. Pero entre el estímulo y la compra queda todavía un largo trecho por recorrer: es necesario vencer ciertas resistencias que aparecen en el momento de la decisión. Las restricciones al consumo pueden provenir de circunstancias objetivas o de reservas que nacen en el interior del mismo sujeto.
 
La fe religiosa, la tradición familiar, son imposiciones que determinan “desde adentro” la conducta consumidora. Quien se somete a ellas pertenece al tipo de consumidor que los especialistas llaman “autodirigido” y se caracteriza por haber asimilado las normas directivas en una época temprana de la vida.
 
Sus esquemas rígidos ahogan a menudo la tendencia al consumo. Otros consumidores, en cambio, se someten a directivas que tienen origen en sus contemporáneos, ya sea aquellos con quienes tiene trato directo o los que están vinculados a él a través de los medios de comunicación. El consumo tiene entonces el sentido de una adaptación, se vuelve una forma de socialización.
 
Se trata de escapar a una soledad por medio de la adhesión al grupo. A través de los objetos se adquiere un rostro, un lugar en el mundo.
 
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El texto “El Consumidor y las Compras” fue reproducido de la obra “Psicología de la Vida Cotidiana”, de Enrique Pichon Rivière y Ana Pampliega de Quiroga, Editorial Galerna, Buenos Aires, 1970, 182 páginas, véanse las pp. 54 a 56. Título original: “El Consumidor”. Su  publicación en los sitios web asociados ocurrió el  01 de febrero de 2020.
 
Enrique Pichon Rivière fue un médico psiquiatra​ argentino nacido en Suiza. Es considerado uno de los introductores del psicoanálisis en Argentina y formuló la teoría de grupo conocida como “grupo operativo”. Pichon nació el 25 de junio de 1907 y vivió hasta 1977.
 
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